2009/07/13

HABITACIONES INTERIORES

NORMAN ROCKWELL (Body building)

Al cumplir 40 años Cesare decidió hacer un viaje introspectivo. Fue en avión desde Roma hasta La Habana y una vez allí se dirigió al hotel que había reservado en Cayo Guillermo, un islote de la costa atlántica de Cuba, no muy frecuentado durante aquella época del año.

Allí, entre baños de sol y de mar, hizo una profunda reflexión sobre su vida. Estaba solo la mayor parte del tiempo, si bien visitaba a menudo los bares y los chiringuitos cercanos, terminando casi siempre en la habitación de su hotel con alguna joven muchacha de la zona, después de pagar unos dólares a los guardas de seguridad.

Se daba cuenta de que estaba completamente solo en el mundo, aunque no le faltaban amigos, pero no creía que ninguno de ellos llegase a arriesgar su vida por él, ni tan siquiera a sacrificar una pequeña parte de su comodidad por ayudarle en el caso de que lo necesitase. Aunque tal vez esto fuera extensible a él mismo y a todos los habitantes del planeta, solteros y casados, padres de varios hijos o personas sin descendencia.

Cesare no tenía novia ni mujer. Tampoco tenía claro que las desease. No envidiaba a la mayor parte de sus amigos casados. Por otra parte, su éxito con el sexo femenino era limitado. Algunas mujeres parecían desearlo, otras, en cambio, lo rehuían.

Desnudo ante el espejo, pensó en lo que él ofrecía a los demás. Su piel era blancuzca, tenía algo de tripa y había empezado a perder el pelo. Tampoco se consideraba un amante excepcional. No tenía dudas de que sus conquistas cubanas estaban con él por mero interés. Se analizó en cada momento del día, en cada movimiento. En cada gesto y en cada frase encontró una razón para la exploración de sus espacios interiores, de las puertas que conducían a los rincones ocultos de su cuerpo y sus sentimientos. Decidió ser implacable consigo mismo, fue descubriendo con una pequeña linterna imaginaria sus cuartos más tenebrosos, sus mecanismos oscuros, sus ideas preconcebidas, sus naufragios.

Pensó que no se parecía en casi nada a aquel que había llegado a este mundo, al Cesare niño que correteaba por el barrio del Trastevere, que había perdido su esencia, lo mejor de sí, por el camino. Era distinto y a la vez idéntico a todos, un cúmulo de pensamientos aprendidos aquí y allá, heredados de otros. No era mejor que ninguno. Si alguien hiciera la prueba de preguntar sobre él a diez de sus conocidos estaba seguro de que casi todos contestarían con indiferencia, con vaguedades, sin gran pasión. Del mismo modo, no había nadie en el mudo que significara gran cosa para él.

Hizo un cálculo de los días que le restaban de vida: alrededor de quince mil, en caso de llegar a los ochenta años, y en lo que le gustaría hacer con ellos. Vivir, salir, disfutar, viajar, conocer gente. Pensó en sus cuentas bancarias. Tenía más dinero del que podía gastar, dado que su estilo de vida no era en absoluto ostentoso.

Transcurridos los quince días de sus vacaciones, en el avión de vuelta, Cesare permanecía serio y reflexivo. Había adelgazado varios kilos y estaba muy moreno. También había hecho mucho deporte, sobre todo jogging y natación, que habían tonificado su cuerpo. Algunas muchachas lo miraban con interés, sin que él se percatase.

De repente, después de tantos días de introspección, empezó a sentir un vivo interés por lo que le rodeaba. Pensó que ya se había observado a sí mismo durante un tiempo suficiente y que, en adelante, su preocupación debía ser descubrir el exterior, el mundo que le rodeaba, sus paisajes, sus sonidos, sus objetos, las otras personas. Debía hablar menos y escucharles, observarles y sentir que estaban a su lado, como si él no fuera más que un continente vacío a través del cual cruzaban ráfagas de aire.


2009/07/08

LA EMPERATRIZ DE LA CALLE DEL LOTO

JEAN JAMSEN (Ballerine jambes croisées)


La Emperatriz de la Calle del Loto lleva una vida sumamente discreta. Va a todas partes caminando, no tiene cochero, guardaespaldas ni mayordomo, y viste con la sencillez de una pensionista pobre o de una marchita empleada de mercería.

Pasea siempre de incógnito para que nadie la reconozca, aunque tal vez el incógnito sea su verdadera naturaleza. Su reino se muestra, como ella, cauteloso y discreto. Al llegar a la Calle del Loto, es difícil que los viajeros perciban que aquel es un territorio distinto, un país independiente, pues nadie les detiene a la entrada o les pide sus visados. Solo pueden ver dibujada en algunas fachadas y cristaleras una flor de loto que identifica la calle como un sello imperial.

La Emperatriz va y vuelve varias veces al día, cargada con la compra, de vuelta del dentista o del podólogo o sale simplemente a pasear, casi siempre sola, juntándose con cualquiera de sus súbditos a quien no le parezca una osadía o una pérdida de tiempo conversar con la realeza. Otras veces, sin embargo, deambula entre otros muchos que no saben que son los ciudadanos de un país desconocido por los geógrafos y los mapas.

La Emperatriz tiene un miedo atroz a las tormentas. Nació en una lejana noche de truenos y relámpagos, según le contaron sus padres, exilados por viejas revoluciones. Está convencida de que una de ellas, igual que la trajo al mundo, también se la llevará.

A sus ochenta años, la Emperatriz de la Calle del Loto piensa que su cuerpo cansado no aguantará mucho más, pues se fatiga mortalmente y su sangre azul se mueve con dificultad por sus piernas. No soporta tampoco la ausencia de su esposo, el antiguo emperador, muerto en un lejano duelo de espadas, y de sus hijos, príncipes y princesas terriblemente ocupados para pasar siquiera un instante a visitarla. Así, entristecida y sola, sin una sola dama de compañía que la consuele, guarda con celo su incógnito y su pena hasta el día en que la tormenta llegue a recogerla.


2009/06/30

VISITAS DE MADRUGADA

OLIVIER FÖLLMI


En cierta ocasión, mientras pasaba la noche en un caserío de Araotz, el pueblo donde nació Lope de Agirre, apodado el Loco, el Peregrino y el Tirano, me desperté sobresaltado. A mi lado, en la cama, había una chica, que también estaba en la casa y a la que había conocida la noche anterior. Me asusté y entonces ella me dijo: “¿no quieres que me quede?”. “No, quiero dormir” le contesté malhumorado. Me pregunto cómo hubiera actuado si en lugar de ser poco agraciada físicamente, hubiera sido una mujer guapa e irresistible.

Aquello fue un hecho excepcional, que jamás me había vuelto a suceder, como dicen que pasa con algunas oportunidades, que si no las aprovechas no se presentan nunca más. Sin embargo, a veces los hechos mágicos ocurren cuando menos los esperamos.

Acabo de llegar, cargado con mi maleta, de un viaje a Senegal. Iba sin ninguna ilusión, sin expectativas. Tenía ganas de hacer algo distinto con mis vacaciones. Sin embargo, no fui yo a ese viaje, sino que el viaje vino a mí, como sucede tantas veces. Acudí a una agencia especializada en recorridos de aventura y me apunté, por eliminación, a ese destino, cogiendo una habitación individual.

No me costó mucho entrar en el grupo. Éramos varios los que viajábamos solos. Entre ellos, Irene, una chica de Madrid, siete u ocho años más joven que yo. Poco a poco la relación entre nosotros se fue estrechando. Habían pasado tres o cuatro días y notaba que Irene, que hasta entonces parecía no haberse percatado de mi existencia, había empezado a mirarme con un interés especial.

Una noche salí a sentarme en una hamaca, junto a la piscina del hotel. Tenía la lejana esperanza de verla, por una de esas extrañas conexiones de tiempos, pensamientos y espacios y en efecto, unos minutos después apareció. Se sentó a mi lado y después de hablar un rato del calor asfixiante y de los lugares donde habíamos estado durante el día, en un largo silencio lleno de promesas pensé en besarla, pero no me atreví. Entonces noté que era ella quien me cogía la mano y se la llevaba a los labios.

Entró tras de mí en el cuarto, sin necesidad de que yo la invitase. Nos besamos, nos llenamos de caricias, enlazamos nuestros brazos, nuestras piernas, nuestras pelvis, nuestros cuerpos ansiosos de encontrarse. Después nos quedamos dormidos. De madrugada, me desperté, sobresaltado, tal vez por la costumbre de dormir solo y noté su hermoso cuerpo que seguía a mi lado. Tenía sueño y quería seguir durmiendo pero también quería permanecer así para siempre, abrazado a su pecho de agua salada, a su cuerpo de aire.


2009/06/17

CONSTELACIONES FAMILIARES



Jumjo se lleva mal con toda su familia. Ni siquiera se habla con sus hermanos, a los que considera culpables de una larga lista de delitos a los que, desgraciadamente, no hace referencia el Código Penal. Tal vez por esta razón desprecia la idea de unir su vida a la de nadie, no tiene ningún trato con mujeres y abomina de los niños.

Levemente preocupado por este asunto, que le hace vivir un tanto aislado del mundo, acude a un terapeuta. Éste le sugiere construir su árbol familiar y remontarse a través de sus raíces, ramas y bifurcaciones hasta un tiempo pasado. En un primer momento solo debe incluir en él a aquellos miembros a los que considera una buena influencia en su vida. Luego, Jumjo elabora también el árbol de los proscritos.

Acude varios días a la consulta, cada vez más interesado y dibuja, con exactitud y precisión, nombres y conexiones. Pone al lado de cada miembro de su familia uno o más símbolos, positivos o negativos, interrogaciones, dibujos, puñales, calaveras o sonrisas. Se divierte mucho con el juego y cuando regresa a su casa piensa en nuevas ramas que añadir a su árbol.

Desde entonces suceden cosas maravillosas. El extraño experimento saca a la luz todo lo que estaba oculto, aflorando la raíz de sus disputas. Misteriosamente, la actitud de sus familiares, que nada saben de su terapia, ha cambiado. Mantiene con ellos conversaciones distendidas. Le felicitan en su cumpleaños, le invitan a una fiesta. El alma familiar revive como una hermoso rododendro que hubiera resistido los hielos del invierno.

Jumjo ha dejado la terapia, pero sigue dibujando cada día su árbol, indagando en su alma familiar. Traza abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, consulta archivos, pregunta aquí y allá. Un día, de repente, siente el vivo deseo de continuar este árbol hacia el futuro. Esboza una pequeña rama que emerge hacia la parte superior del papel, buscando el porvenir, y pronuncia en viva voz su deseo al universo, como un mantra.


2009/06/16

LA RAÍZ DEL GINGKO

ERIKA YAMASHIRO (Sound of Ground)


Jizō nunca se casó, pero vivió feliz toda su vida con Daniele, el hombre al que conoció, mientras se debatía en terribles dudas sobre su destino, en el pueblo de Isumi, junto a la costa del Pacífico. Daniele había nacido en Savona, en el norte de Italia, y era actor y director de teatro, titulado en lenguas asiáticas y practicante de zen. En Italia había sido discípulo de la escuela de actores de Vittorio Gassman, por quien sentía una gran admiración. Jizō y Daniele vivieron largas temporadas en ambos países. Su casa de Savona era lujosa, una herencia de su abuelo, un industrial de éxito, y estaba en las afueras de la ciudad, al borde del mar Mediterráneo. El hogar de Tokio, por el contrario, era la vieja casa de la infancia de Jizō, pobre y deteriorada.

En ambos lugares la pareja recibía la visita de muchos amigos: lingüistas, literatos, actores, practicantes de yoga o zen, viejos taoístas, fotógrafos, pintores o viajeros. En ese ambiente irreal, lejos del mundo del dinero, los negocios y las posesiones materiales creció el hijo de ambos, Kizuki, rodeado en Italia de lujos invisibles, y de muchachos de clase media, hijos de obreros, en Japón.

Jizō no renunció a cultivar sus raíces, su propio mundo. El pequeño Kizuki le proporcionaba cada día una relación directa con la vida y las obligaciones cotidianas. Mantuvo, además, fecundas amistades y viajó por su cuenta, sola o en compañía de otras amigas. Estuvo en África, en Brasil y en Finlandia. En uno de sus viajes, incluso, creyó enamorarse de otra persona, pero la ilusión pasó muy pronto, como una tormenta en el mar.

Después, Jizō se dedicó a cumplir uno de sus grandes deseos, escribir cuentos infantiles y novelas de misterio. El protagonista de todas ellas, Kare, un detective japonés, descubre el submundo de Tokio, poblado de presencias misteriosas, de entes invisibles que ejercen una influencia cierta en las vidas de sus habitantes, gente que no aparece en los noticiarios ni en las revistas de aparatos electrónicos. El policía trata de aclarar crímenes inexplicables, secuestros o robos, y se encuentra una y otra vez con los antiguos espíritus nipones que luchan por sobrevivir, que participan en complots, en luchas políticas contra el nuevo mundo que los va arrinconando. También pueblan las páginas de sus libros grupos organizados que defienden el antiguo Japón heroico, la potencia anterior a la guerra, y que claman venganza por las bombas atómicas, muchachos suicidas que dan su vida por un pasado que jamás conocieron, soldados perdidos que regresan muchos años después a un país que no reconocen. Hay también hombres ocultos en casas de bambú que visten túnicas de samurai, que rechazan los productos extranjeros y dominan las artes guerreras del kendo y el jiu-jitsu.

El primer libro de Jizō tuvo un gran éxito. Sin embargo, poco antes de publicar el segundo, que ya estaba en la imprenta, feliz con su relación familiar y habiendo alcanzado el reconocimiento público por su obra, sufrió un ataque al corazón mientras hacía deporte en el parque Shiba-Koen. Mientras una ambulancia la transportaba al hospital, en una gran pantalla situada en un cruce de calles tuvo una última visión, el rostro alegre de un viejo espíritu nipón que le daba la bienvenida a un nuevo mundo, el mundo de las personas que se fueron, de los viejos espíritus minerales y vegetales, de las flores marchitas de gingko.



2009/06/15

JIZŌ

JIA LU (Lotus Bearer)


Cuando llegó el momento de casarse Jizō, una alegre muchacha que vivía en los suburbios de Tokio, tenía nueve pretendientes. Todos la cortejaban, le enviaban ramos de narcisos y crisantemos y le dedicaban canciones. Parecía existir entre todos ellos una competición por alcanzar su corazón, aunque tal vez no fuera más que una simple cuestión de orgullo. Ella, sin embargo, no entendía este interés. Se creía sosa y fea, carente de gracia y con el cuerpo de una lagartija o una zarigüeya.

Jizō estaba aturdida y no sabía a cuál de sus aspirantes elegir, o si por el contrario, debía aguardar aún más, hasta que llegase el verdadero hombre perfecto, su alma gemela, que la quisiese y la cuidase, que le permitiera ser ella misma y crecer hacia el aire libre y hacia su propio interior, como las hojas y las raíces del gingko. Su vida futura dependía en gran medida de esta elección. Quería ser madre, tener un niño y criarlo como a un príncipe pobre, como a un emir de los arrabales, como a un samurái de los barrios destartalados. Para eso necesitaba una pareja que estuviera a su lado y le ayudara a educar a su hijo.

Jizō se fue con una amiga de vacaciones a un pueblo costero, deseando meditar en sus opciones. Todos los candidatos protestaron por su repentina ausencia, excepto uno de ellos, que la animó, manifestando al mismo tiempo su pena. Era, sin embargo el menos agraciado entre todos y, por lo que había podido averiguar, el más aficionado a las mujeres y a la vida de taberna.

En el pueblo los días pasaban en largos paseos al borde del mar, sesiones de gimnasia, baños, silencios y sonrisas. Su amiga, callada pero al mismo tiempo cálida y cercana no le preguntaba nada sobre su dilema, que conocía a la perfección, y Jizō, poco a poco iba madurando una respuesta.

Durante sus paseos conoció a un hombre extranjero, que se alojaba en un hotel cercano. Hablaba un japonés casi perfecto, algo que resultaba sorprendente. Jizō congenió con él y le explicó su dilema. Él le dijo que escuchara a su corazón. “Pero –replicó ella- el corazón es difícil de entender. Es voluble y a menudo muda de piel”. Cuando intentaba explorar sus sentimientos, la muchacha parecía inclinarse por el último candidato, aquel que no había puesto objeciones a su partida. Sin embargo, el extranjero, en sus paseos con ambas amigas, fue pasando a ocupar, poco a poco, un lugar en sus pensamientos.

El extranjero volvió a Tokio poco antes que ellas, pues deseaba asistir a un seminario budista y a unas representaciones de Teatro Nō, para hacer un reportaje sobre este tipo de arte teatral, influenciado por el budismo. Cuando la muchacha volvió a su vez, los candidatos reanudaron su asedio. Unos se presentaron en su casa, otros la llamaron por teléfono o le enviaron misivas perfumadas. Alguno la invitó a una excursión a las laderas del Fujiyama, con otro distinto acudió a una casa de té; uno más, serio y formal, la llevó a una ceremonia sintoísta. Jizō fue descartando, uno tras otro a esos candidatos, haciendo caso a sus sentimientos.

El pretendiente aficionado a la vida alegre la llevó a cenar a un restaurante occidental. Después fueron a bailar a un club moderno. Jizō se divirtió muchísimo aquella noche. Quedó varias veces más con él y sintió que al fin podía haber encontrado a su hombre ideal. Reía y bailaba, se sentía segura y protegida. No obstante, acordándose del extranjero, antes de dar el sí, acudió, con su amiga, a una sesión de Teatro Nō.

Jizō se preguntaba donde estaría aquel hombre que conoció en el pueblo costero. Miró a su alrededor, pero no lo vio. La obra trataba sobre una mujer con varios pretendientes. Sin embargo, todos los actores eran hombres, incluso quien hacía el papel de la protagonista lo era, si bien cubría su rostro con una máscara tallada en madera, de una extraordinaria belleza. Los actores hacían movimientos de mimo y leves acrobacias, acompañados por tambores y flautas. Sus movimientos eran suaves y contenidos.

Jizō se sintió identificada con la obra, muy relacionada con su dilema, o eso le pareció a la muchacha. Uno de los personajes, de apariencia extranjera, parecía amar en secreto a la heroína de la representación. De pronto su pulso se alteró al ver a aquel que buscaba en una de las primeras filas, totalmente concentrado en la obra. Entonces Jizō vio pasar el futuro antes sus ojos al lado de aquel hombre que miraba fascinado a los actores de y le pareció que no podía aguardarle un destino más hermoso.



2009/06/03

HECHIZOS DE PROTECCIÓN

TAMARA DE LEMPICKA (Adam and Eve)


Aquel verano que acababa de llegar, Thao se había quedado solo. No tenía planes, no sabía con quien salir o irse de viaje. Estaba atravesando por una situación de transición en su vida que amenazaba con extenderse al tiempo futuro como un virus desconocido y peligroso.

Algunas tardes, después del trabajo, iba solo a una playa nudista y tomaba el sol con gafas oscuras. No le gustaba bañarse o pasear al borde del mar, pues sentía vergüenza de que alguien pudiera reconocerle.

Mientras estaba tendido en su toalla, sumergido en su música, se dio cuenta de que alguien estaba a su lado, de pie, y le hablaba. Le costó volver a la realidad y darse cuenta de que era Jenni, una chica a la que no había visto hacía mucho tiempo. Su vergüenza fue en aumento, pero ella, que también estaba desnuda, se sentó a su lado sobre la arena, como la cosa más normal del mundo.

“¿No te acuerdas de mi?” –le dijo-. “Hicimos juntos un curso de masaje hace años. Tú eras muy tímido, parecía que te diera miedo tocarme. Pero me gustaban tus manos, eran como dos mariposas”.

La muchacha le invitó a tomar algo en un chiringuito cercano. Fueron desnudos, lo cual supuso una terrible heroicidad para Thao. Jenni no paraba de hablar. “Ahora ya no hago masaje. Me dedico a ir a clases de magia” -le contó. Estuvieron charlando un rato más y después de vestirse, Thao la llevó en coche hasta la ciudad, y la dejó cerca de su casa, con la vaga promesa de llamarla algún día.

No había pensado en volver a verla, aunque la chica le gustaba bastante. Recordó haber estado a punto de tener una aventura con ella, o puede que solo lo hubiera imaginado. Jenni había engordado un poco desde la última vez que la vio, pero le seguía pareciendo muy atractiva.

Los días siguientes, la vida de Thao fue un desastre. Tuvo una fuerte discusión en el trabajo que le hizo sentirse muy mal. La gente parecía evitarlo. Nadie le llamaba o le invitaba a tomar café, aunque él tampoco llamaba o se aproximaba a nadie. Se sentía deprimido y triste. Entonces se acordó de Jenni y la llamó.

Ella no podía quedar hasta el 23 de junio, la tarde de San Juan, cuando se celebra el solsticio de verano. Thao le contó por teléfono que estaba pasando unos días muy malos. “Es posible que alguien te haya echado un mal de ojo”. Le dijo. “Si quieres puedo hacerte un hechizo de protección”. Le propuso salir a ver las hogueras y, después, practicar su hechizo junto a los rescoldos del fuego.

Thao cogió fiesta el día siguiente. Se perfumó y se vistió con sus mejores ropas informales para salir esa noche. Estaba animado y feliz. Recorrieron juntos varias hogueras. Después, él mismo la llevó al barrio de su infancia. Allí había una gran animación, igual que el muchacho recordaba de los días de su niñez, cuando eran ellos quienes traían las ramas secas y los muebles desvencijados que debían quemarse esa noche. Estuvieron allí hasta las tres de la madrugada, contemplando las llamas, hablando con los vecinos, bailando y riendo. Ya quedaba muy poca gente alrededor del fuego. Jenni le dijo que ése era el momento. Fue acariciando lentamente las piernas, las manos y los brazos de Thao y llegó hasta la frente. El fuego le calentaba la cara. Mientras realizaba sus movimientos,llenos de sensualidad, Jenni pronunciaba unas lentas palabras que él no entendía. Era un conjuro vasco, que según la muchacha empleaban las brujas en los antiguos akelarres. Para finalizar la invocación, la chica le dio a Thao un largo beso. Fue un instante mágico, dulce y maravilloso.

Volvieron enlazados. Al llegar a su casa la chica le invitó a subir. Durmieron juntos, abrazados, como dos lenguas de fuego que se hubieran encuentrado en la noche de las hogueras.

Al despertar, por la mañana, Jenni todavía dormía. Thao se sentía extrañamente feliz, libre del misterioso maleficio de las semanas anteriores. Estuvo un rato mirándola, escuchándola respirar. Después, de repente, sintió nacer en su interior un vivo deseo y llevó la mano hasta el sexo de la muchacha, posándose en él dulcemente, como una mariposa.