2010/04/30

OFRENDAS A SERES PERVERSOS


SATURNO BUTTÒ



No somos diablos ni espíritus celestes. Sin embargo, guardamos en nuestro interior, en los surcos profundos que modelan nuestro cerebro, en las diminutas células que mueven los ventrículos cardíacos, en el hueco vacío de nuestras manos, la memoria de todos los hombres y mujeres, malvados o benévolos, africanos, asiáticos, europeos, aztecas, maoríes. Somos a un tiempo, sea cual sea nuestra edad, niños y ancianos, chiquillas humildes o princesas, ladrones, mesías y moribundos, maestros irascibles y tiernos muchachos que se sonrojan al contemplarse ante el espejo, desnudos.

No somos más humanos cuando repartimos sonrisas que cuando dejamos que nuestros duendes maléficos salgan a la luz, cuando tenemos un éxito fugaz que cuando perdemos el rumbo y empezamos a hundirnos. Nuestra vida, alimentada por el sol y las estrellas, es resultado del azar. Pasan los años por el mundo, las estaciones cambian el aspecto de la tierra. Nosotros también cambiamos, pero seguimos en pie, buenos y malos, como el mar y los bosques, como los tornados o la lluvia.

Alimento y doy de beber a mis demonios. Los observo comer en mi mano, pacíficos como bulldogs. Van siempre conmigo, a todas partes, escondidos tras mis buenas maneras y mi ropa deportiva, tras el ángel que me enseñaron a aparentar que soy. De cuando en cuando les hago pequeñas ofrendas, dulces, pensamientos maléficos, flagelaciones, momentos oscuros, comidas copiosas. Quien me quiera, deberá quererlos a ellos también. Para que yo pueda darte mi amor, deberé alimentar con cariño a tus demonios, a los seres perversos que duermen en ti.


UN JUEGO

VICTOR BRAUNER (Adan y Eva)


"Os propongo un juego”, dijo al final de la clase. “Son ya casi las ocho, y yo imagino que, puesto que es viernes, muchos de vosotros habréis quedado con vuestros amigos, con vuestros novios o vuestras novias, o que, en el caso de no tener ninguna cita os iréis a casa rápidamente y allí os dedicareis a leer, a escuchar música, a ver la televisión, o quién sabe a qué, hasta que decidáis que es hora de ir a dormir. Lo que os quiero proponer es que ahora mismo, antes de salir de aquí, dediquéis un par de minutos a pensar en algo que os voy a plantear. Quisiera que os imaginaseis lo que de verdad desearíais hacer en este momento, lo que más os gustaría, vuestro plan ideal para esta noche. El único límite es que sea algo posible, algo que realmente pueda hacerse, hoy mismo, durante las horas siguientes. Es prácticamente imposible, por ejemplo, que alguien coja un avión esta misma noche y se vaya hasta Jamaica o Nueva Zelanda. Es decir, lo que me gustaría que hicierais, si así lo queréis, por supuesto, es que durante unos instantes penséis en cuál sería la noche perfecta, hoy, esta misma noche, y aquí, en vuestro entorno habitual. Luego hacer el favor de compararla con vuestros auténticos planes, y decirme, si os parece bien, si coinciden o no”.

Ante esta propuesta inesperada, todos nos quedamos en silencio, sorprendidos, sin saber muy bien cómo reaccionar. Finalmente, la clase duró hasta cerca de las nueve, pero a pesar de que habíamos sobrepasado ampliamente el horario establecido, nadie se marchó.

De un total de veintidós alumnos, solo uno aseguró que lo que había planeado hacer aquella noche coincidía con sus más fervientes deseos. Tenía pensado irse a casa al terminar la clase y cenar pizza en compañía de su novia mientras veían juntos las películas de vídeo que habían alquilado unas horas antes.

Todos los demás teníamos proyectos que no coincidían con nuestros deseos más íntimos, de los que, en cierto modo, ni siquiera habíamos sido conscientes hasta ese momento. Algunos de mis compañeros se habían citado con sus respectivas parejas, pero ninguno parecía desear con pasión esos encuentros.

Unos cuantos, aunque no todos, se atrevieron a contar ante el resto del grupo el plan perfecto que habían imaginado para pasar las horas siguientes. Algunos de estos planes, de manera sorprendente, tenían que ver con miembros de la propia clase, y un fuerte componente sexual. En dos de los casos los deseos coincidían exactamente, es decir, las personas que contaban ante los demás su plan ideal habían incluido en él a otro miembro del grupo, que a su vez les había escogido para pasar en su compañía esa noche mágica. No todos los alumnos, sin embargo, fueron tan sinceros, como resulta fácil de comprender. Algunos, tras afirmar que era completamente imposible que sus expectativas para esa noche pudieran realizarse, se negaron, con una sonrisa, a dar más explicaciones.

Yo fui uno de estos últimos. No me atreví a manifestar lo que había estado pensando, aunque la persona implicada en el ardiente deseo que latía con fuerza en mi pecho y que hacía temblar mi voz y mis manos estaba justo a mi lado, y a pesar de que ella misma, una muchacha morena, delgada y sonriente, a la que apenas conocía, afirmó en público que le hubiera gustado irse a solas conmigo a dar un paseo por la ciudad o a tomar algo en una cafetería. En aquel momento me venció una extraña timidez, un deseo de huir de la felicidad posible, o tal vez un presentimiento de desgracia. Al salir del aula ni siquiera me despedí de ella, y acudí a la cita que tenía con un amigo para ver una película a la que no presté ninguna atención, sin poder olvidar lo que había ocurrido unas pocas horas antes ni a la encantadora muchacha que había deseado estar conmigo, esa noche, más que ninguna otra cosa en el mundo.

No tengo la menor idea de lo que hicieron mis compañeros. Si regresaron derrotados, como yo, a sus citas preestablecidas, a la monotonía de sus vidas, o si, por el contrario, fueron capaces, sin recurrir a la imaginación, a las satisfacciones solitarias, a los genios encerrados en el interior de viejas lámparas o a vanas esperanzas de un futuro maravilloso, de intentar que sus sueños se realizasen, aunque solamente fuera por una noche.


2010/04/29

DIENTES DE TIBURÓN




Raúl Salitre regaló a Esma, la muchacha que pretendía, un diente de tiburón. En la pequeña aldea del Caribe donde ambos habían crecido aquella era una señal inequívoca de cortejo y deseo inaplazable, y ella así lo entendió.

La muchacha no lo dudó un instante. Quería a Raúl desde que era una niña. Esa noche durmieron juntos en la playa, y ya no supieron separarse más. Se casaron en una iglesia de colores muy vivos, al borde de un mar donde llegaban a desovar las tortugas y donde aguardaba su salida del agua un jaguar desorientado en busca de sustento.

Después de la cena, una banda de muchachos mestizos tocó ráfagas de ritmos calientes. Salitre y su nueva esposa bailaron cumbias, salsas y vallenatos hasta muy entrada la noche, y después desaparecieron hacia algún lugar donde no les conocieran ni les buscaran.

Nadie los vio hasta muchos días después. Anduvieron entre el norte y el sur, siempre cerca del océano donde vivían las tortugas y los tiburones y donde habían nacido, millones de años atrás, todos los animales y todas las razas de hombres. Durmieron en las antiguas ciudades de los indios, contemplaron los viejísimos volcanes, subieron pirámides y observatorios astronómicos, anduvieron a caballo y se bañaron en cenotes sobre los cuales caían violentas cascadas.


Esma piensa que el diente de tiburón la protege y le da fuerza para soportar las adversidades, que nunca tardan en llegar. Por eso lo lleva anudado en su cuello a todas horas.

Años más tarde lo seguía llevando cuando nacieron sus tres hijos y cuando a su marido lo volteó una mantarraya. En su propio lecho de muerte, víctima de una fiebre abrasadora, Esma no apretó en su mano un rosario o un crucifijo, sino el diente de tiburón que un día le regaló Raúl, para que la acompañase y protegiese en su tránsito más difícil.



2010/04/27

ENFERMEDADES


LINDA BERQVIST (Do not whisper into the wind)


Además de los fármacos, las vacunas y la cirugía, todas las enfermedades tienen un tratamiento común: recuperar el animal de agua y luz que somos, entusiasmarnos con nosotros mismos, buscar besos y caricias, tener constelaciones de amigos, alimentarnos de fresas y aire, de amapolas y yogures, de zanahoria y jalea real, desarrollar nuestras auténticas inclinaciones que no son, a buen seguro, las que diariamente ejercitamos ni las que nuestros padres desearon para nosotros.

Las enfermedades crecen en la oscuridad de los cuartos, en las oficinas sombrías, en los odios almacenados, en el amor perdido, en la soledad obligada, en la privación del sexo. Los pequeños habitantes que las provocan, los microbios infinitesimales, las células oscuras del pus y los genes alterados que originan las metaplasias crecen en el humus de nuestras desilusiones, en los residuos de los alimentos manufacturados, del azúcar sintético, de la sal y los pesticidas, en el tabaco o el alcohol que utilizamos para compensar nuestras tristezas.

Salgamos a la calle, caminemos, reivindiquemos el amor y el azar, tracemos redes de amigos, viajemos, acudamos a charlas y a grupos, hablemos con todo el mundo, veamos cine, leamos, descubramos lo que somos, tomemos el sol y el aire durante unos minutos, respiremos, caminemos sobre la tierra, olvidemos los zapatos estrechos, las ropas ajustadas, los tatuajes del alma, los piercings que un día clavaron en nuestro corazón entristecido, y salgamos a la vida, como si hoy mismo fuera el final del mundo.



2010/04/25

PÁJAROS




Somos pájaros. No somos seres humanos, hombres o mujeres, como todos parecen creer, sino pájaros de alas truncadas, encogidas y sin fuerza. Revoloteamos aquí y allá, a pocos centímetros del suelo, temerosos de ver aparecer en el cielo águilas majestuosas, quebrantahuesos, halcones o alimoches.

Fabricamos nuestros nidos sin tomar un respiro, con gran afán. Buscamos otro pájaro para poder decorarlo mitad y mitad, con ramas, piedras y pajitas de estilo nórdico traídas con el pico desde Ikea o Ka International. Una vez instalados, a ras de tierra o en la rama más alta, soleada y con vistas, nos apareamos apresuradamente y después sacudimos las plumas caídas. Así, con el tiempo, nuestro hogar se va llenando de tiernos polluelos.

Tenemos el cuerpo lleno de perdigones y picotazos. Vivimos atemorizados por el devenir y por el presente, porque nos da tanto miedo el más allá como el instante que late con fuerza. De noche, para sentirnos a salvo, buscamos el calor de nuestro compañero de nido y nos adormecemos a su lado, con las alas enlazadas, contemplando sus ojos de pájaro.



EL SOL ME DESPIERTA

JEAN JAMSEN (Danseuse au sol, fond jaune)



Salgo el sábado por Bilbao. Llego a casa de madrugada y sin embargo, el domingo me levanto temprano. El sol me despierta y me hace ponerme en marcha. Urtzi, el viejo dios de los vascos, me reclama para sí, como anoche me buscó Ilargia, la Luna.

El Casco Viejo bulle de gente los sábados por la tarde. Me gusta ver a los amigos de siempre, algunos ya casados, pero también me gusta estar rodeado de personas que viven junto a mi, que llevan una existencia similar a la mía y que no conozco, sentirme parte del flujo incesante de la vida que se bifurca a mi alrededor una y mil veces. Quisiera conocer a todo el mundo, saludarlos, charlar con ellos, tomar una cerveza o comer un bocadillo con esos hombres y mujeres desconocidos, discutir o reír, crear complicidades, trazar redes indestructibles, nuevas conexiones que renueven nuestras vidas.

Sin embargo, solo hay una mujer con la que deseo estar. Pienso en ella mientras paseo entre la gente, observándolos, mientras ceno o hablo con mis amigos de temas intrascententes. Todo lo que necesito está en ella, no busco a nadie más.


2010/04/22

EMBOSCADAS


CLAUDIO BRAVO (Bacanal)


La vida nos tiende pequeñas emboscadas. Algunas son gozosas y alegres, y están dirigidas por estrellas muy lejanas, por Merope, Maia, Alcyone y el resto de las Pléyades, por Sirio, Deneb, Fomalhaut, Enif o Altaïr. Otras, en cambio, son emboscadas sombrías, disparos de rayos de luna que nos hieren de tristeza, de desamor, de enfermedad o de muerte, para los que no existen muros, escudos o amuletos que nos puedan proteger. Estos disparos del espacio sombrío buscan convertirnos en materia inerte, devolvernos al magma oscuro del Universo, del que un día partimos, por caminos que están comunicados por agujeros negros.

A menudo rehusamos adentrarnos en las emboscadas felices, que guardan para nosotros experiencias maravillosas, viajes improvisados, placeres sorprendentes, nuevos amigos, amantes desconocidos, caricias, besos esparcidos al viento. Muchas veces decimos que no a esos instantes imprevistos, evitamos las alegrías que nos ofrecen las estrellas por miedo, porque creemos percibir tras ellas un peligro inminente, un sufrimiento que no existe.

Queremos evitar a toda costa el dolor, pero las emboscadas trágicas siempre acaban por llegar, ya que están esperando detrás de los tiempos que creemos propicios, al otro lado de los hermosos atardeceres, de las noches de amor, de las mañanas de luz suave y temblorosa. Nos aguardan tras ellas como verdugos de un tiempo negro, como auspicios de las lágrimas futuras. Pero, ya que ese tiempo aún no ha llegado, dado que aún nos esperan tantos días felices, muchas primaveras e inviernos, cientos de abrazos, llamadas de amigos y mil noches de pasión, disfrutemos de la dicha presente, de los días radiantes, de los fugaces instantes de gozo en compañía de las estrellas.