2010/05/20

ESTRELLAS


¿Te has parado alguna vez, en mitad de la calle, cuando llegas a casa de noche, solo, a mirar las estrellas?

¿Conoces alguno de sus nombres?. La mayoría tienen origen árabe, y muchos son especialmente bellos: Alnilam, Fomalhaut, Elnat, Meissa, Adhara, Altaïr, Enif, Rasalhague. Sus significados son igualmente hermosos: Wasat, “en medio del cielo”, Muphrid, “la estrella solitaria”, Tarf, “la mirada del león”, Sadalsuud, “la estrella de la suerte”, Aldebarán, “el que sigue a las Pléyades” o Alioth, “el caballo negro”.

Descendientes de aquellos hombres que pusieron nombre a las estrellas viven hoy entre nosotros, en un número que día a día crece. Pasean a nuestro lado, acuden a la oficina de empleo, cuidan de sus hijos y compran en nuestros supermercados, ante la indiferencia y la mirada condescendiente de muchos.

Los pueblos árabes dieron vida a las historias de las Mil y Una Noches, a Sherezade, Simbad y Aladino, que llenaron de magia nuestra infancia y juventud. Fueron el origen de historiadores, científicos y poetas de la hondura y la sencillez, como Omar Khayyam. En el seno del Islam hallaron la inspiración los derviches y los contadores de historias de El Cairo.

Tal vez los pueblos árabes hayan olvidado una parte de su pasado grandioso. Quizás, para recobrarlo precisen acercarse a él de nuevo, con los sentidos abiertos a las múltiples facetas que los constituyen, a los mercaderes del Sahara, a los nómadas tuareg, a los maestros sufíes, a la cultura de los antiguos egipcios, a los constructores de la Alhambra y la mezquita de Marrakesh, a los cazadores de animales salvajes de las antiguas praderas que hoy son solo desierto, a los hombres sencillos que en la inmensa soledad de las dunas dieron nombre a las estrellas.


2010/05/17

EJERCICIOS DE APNEA


HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC (Bed)


Cuando era un niño me gustaba meterme bajo las mantas de mi cama. Incluso siendo un adulto lo he hecho algunas noches, solo o en compañía, y he vuelto a sentir lo mismo que en aquellos años perdidos de la infancia, que hoy me parecen maravillosos. Contengo la respiración unos segundos, incluso un minuto, hasta que ya no puedo más y regreso a la superficie, a la vida normal, al aire libre, a los sueños estancados o rotos.

No me puedo quejar de mi vida. Trabajo en una tienda de informática, toco el contrabajo en un grupo de jazz de mi ciudad, viajo a menudo y tengo una pareja que es mucho mejor de lo que podía esperar. Paulette tiene once años menos que yo, y no me explico qué puede haber visto en mí, un carcamal de 53 años, con poco pelo, bebedor incidental, fumador recurrente y sin demasiado dinero, desgarbado y sin una pizca de gracia. Es la mujer que quise tener a mi lado desde que la vi, sin imaginar que podía tener tan siquiera una pequeña posibilidad de casarme con ella. Cuando la conocí ella, que tenía solo 26 años, me puso una condición para ser mi pareja. Quería ser madre. Tuvimos una niña, Oittabe, y yo, que le había puesto todas las pegas del mundo y que incluso amagué con la separación para evitar el compromiso atroz de la paternidad, hoy no puedo vivir un solo segundo sin saber que mi hija se encuentra bien. Si ella no existiese sería un completo desgraciado, si la mujer que vive a mi lado hubiera aceptado mi chantaje emocional, vagaría alcoholizado por las calles más turbias, sin vida, sin amor, sin trabajo y sin destino.

Hace tres semanas, Oittabe, que tiene ya dieciséis años, se fue a pasar un año en Edimburgo, para aprender inglés. Se me cortó la respiración desde el mismo momento en que planteó en casa esa posibilidad, aunque sabía que no podía oponerme. Desde entonces camino como un ser sin vida propia, casi sin hablar con nadie ni en el trabajo ni fuera de él. Mi conversación con Paulette tiene que ver invariablemente con la niña. Si al menos hubiera tenido otro hijo, otra hija, pienso entonces, olvidando que rechacé esta posibilidad tajantemente, años después de que Oittabe naciera.

Por las noches espero su llamada. Aunque sé que solo acostumbra a telefonear los viernes o sábados, aguardo ansiosamente a que lo haga cualquier día, en cualquier instante. Cuando llega la hora habitual de sus llamadas, alrededor de las once de la noche, mientras Paulette está leyendo o viendo algún programa de televisión, me meto bajo el edredón de plumas de nuestra cama y aguanto la respiración. “Antes de que vuelva a respirar sonará el teléfono” pienso para mí mismo.

Paulette me mira de una forma extraña. ¿Pensará que estoy loco, que se ha casado con un pisicópata?. Hoy para mi sorpresa, la he encontrado en la cama cuando me iba a acostar. Jamás lo hace antes de las doce. Estaba, como acostumbro a hacer yo, completamente cubierta por el edredón. Cuando la he destapado no se movía. Aterrorizado, he tocado su pecho, he acercado mi cara a su nariz, he palpado su cuello en busca del latido carotídeo.

Cuando por fin se ha ido recobrando, semidormida, me ha dicho, de manera entrecortada y compungida “Aún no ha llamado”. “Pero si es jueves. Sabes que llama los viernes”, le he contestado. Entonces Paulette se ha echado a llorar.

Me he metido con ella en la cama, tratando de consolarla. Al ver que respiraba normalmente, la he abrazado con fuerza y la he llevado hasta el fondo de la cama, dejando una abertura por donde se pudiera filtrar el aire. Hemos hecho el amor pausadamente, queriéndonos, deseándonos, de una manera que ya casi no recordaba. Al terminar se ha quedado dormida a mi lado, debajo del edredón. He deseado que esta vez, más que nunca, se volviera a quedar embarazada, que ese ser desconocido que nada a oscuras en el interior de nuestras células surgiera de una unión inexplicable y que volviera a urdirse el milagro más frecuente del mundo, repetido en todas las especies conocidas, a lo largo del planeta, un millón de veces cada día.


2010/05/13

ALMAS GEMELAS


SANDRA BATONI (Muchacha sentada junto a la mesa)


El único propósito en la vida de Giselle era encontrar a su doble, a su alma gemela, a la persona que mereciera su amor. Era una mujer bastante hermosa y tenía un trabajo bien reconocido como oftalmóloga. Se había comprado una gran casa frente al mar de Bretaña y aún así tenía dinero suficiente para ir de viaje cuatro ó cinco veces al año. En cada nuevo sitio al que acudía trataba de hallar la persona que completase su vida, y para ello se quedaba escuchando la respuesta, que esperaba clara y audible, de su corazón. No buscaba unas muletas que la sostuvieran, ni alguien que le solucionase su futuro o le permitiera vivir mejor, sino un hombre que la sujetase en sus brazos y la acompañase como un fiel amigo en el transcurso de la vida, que avivase la llama de sus deseos adormecidos, que dilatase las horas de su vida con momentos inesperados, con alegrías repentinas, con frases y hechos de amor.

La muchacha anhelaba el amor, pero no rehuía los amantes ocasionales. En toda su vida había tenido más de treinta o cuarenta, pertenecientes a ciudades y culturas diversas, pero su alma gemela seguía sin aparecer ante ella, se escondía como un ser tímido y misterioso, como un elfo delicado y transparente que solo existiera en su mente. “La vida es un viaje a lo desconocido” escribía Giselle en su diario. “Existen millones de personas de las que nada sabemos. Cada día tenemos la obligación de hacer algo distinto, de conocer gente nueva”.

El tiempo pasa. Desde hace unos años, Giselle viaja con menor frecuencia. Cuando no está en el hospital pasa muchas horas en su casa frente al mar. Recibe muchas visitas de amigos de su entorno más cercano y de viejos conocidos de otros lugares. Adora el sexo y la complicidad amorosa, pero también ama la soledad. En sus vacaciones acude a una pequeña localidad de Mozambique para curar los ojos enfermos de los habitantes de las aldeas a cambio de compartir su comida y de una vieja cama de paja.

De noche, en su cuarto, Giselle escribe en su diario: “Puede que en el mundo haya miles de almas gemelas para cada uno de nosotros. Entregarnos a los otros es entregarnos al universo, a la vida. Estamos solos ante la inmensidad del cosmos, rodeados de millones de compañeros de viaje que están, como nosotros, atemorizados por la enfermedad y la muerte, por el futuro incierto”.

Aquella noche, Giselle, aún atractiva, recibe la visita de un nuevo amante. Es un habitante de esta tierra, donde nació la vida. En sus brazos se siente una princesa zulú en su noche de bodas, una muchacha desnuda ante el mundo, que se abraza con fuerza a uno de sus dobles, de sus almas gemelas.



2010/05/12

ZACK


ZHANG XIAOGANG


Cada vez que baño a Zack, mi único hijo, puedo ver cómo su tamaño se va reduciendo, poco a poco, hasta casi desaparecer. Se va volviendo igual que un pececillo, y luego parece solo una larva diminuta. Es entonces cuando lo saco de la bañera, temiendo que vaya a volverse invisible, que lo devore algún mosquito agazapado entre el gel y el champú, que se cuele por la rejilla del desagüe o que no pueda reconocerlo entre las pequeñas burbujas de agua.

Después lo pongo a secar y puedo ver cómo recobra poco a poco su tamaño natural y cómo va creciendo hasta ser nuevamente lo que era, un niño de cuatro años que pesa catorce kilos, que habla, ríe y corretea por todos lados, persiguiendo a los gatos, inventando palabras, pidiendo incansablemente cosas tan sencillas que resulta imposible conseguirlas.

Una vez, después de bañarlo, lo puse, como siempre, a secar. Se había vuelto otra vez muy pequeño, diminuto como una lágrima. Lo coloqué junto al fogón de la cocina, no muy alejado del fuego, para que le llegase un poco de calor. De manera imprevista me puse a cocinar y una gota de aceite caliente saltó de la sartén y cayó sobre él. Aún no había recuperado su tamaño sino muy levemente. Me puse a gritar como un loco. Temí haberle matado.

Observé, aterrorizado, cómo iba recuperando su tamaño normal. Estaba más aletargado que nunca, pero aún respiraba y su corazón latía débilmente. Se recuperó, por fortuna, pero desde entonces tiene una mancha amarilla sobre el pecho que le salpica ligeramente la cara, como si estuviera maquillado para una fiesta de carnaval o como si fuera un ser del futuro. Los médicos me han dicho que esa mancha nunca desaparecerá.

Desde entonces, Zack, mi niño querido, la razón de mi vida, odia el agua. Cada vez que me ve mira con recelo, como si no lo quisiera o como si pensara que espero una ocasión para volver a dañarlo o buscar su muerte.


2010/05/11

LA HABITACIÓN DE LOS SUEÑOS


HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC (In Bed-The Kiss)


Poco después de cumplir 32 años, Stanislav conoció a Sheeva, el amor de su vida. Su conquista fue quizás de un mérito mayor que el descubrimiento y colonización de América o la posterior independencia de sus repúblicas. Cada noche, el hombre escogía y planchaba cuidadosamente la ropa que debía utilizar el día siguiente. Por las mañanas, después de ducharse, se afeitaba con gran esmero, se daba cremas hidratantes, se perfumaba mirándose desnudo ante el espejo y dedicaba diez minutos a vestirse, muy lentamente, con las ropas previstas, como si estuviera ejecutando una ceremonia de una importancia trascendental. Antes de salir de casa se sentaba un momento en su terraza a oscuras, mirando al firmamento y pensaba en que, cuando estuviera en presencia de la mujer, debía entregarse a ella con el oído y la mirada, con su alegría y su atención constante, hasta fundirse en un único ser, hasta lograr una comprensión absoluta.

Sin embargo, cuando tuvieron su primera relación sexual, unos meses después, nada salió como había previsto. Ambos se sintieron tensos e inseguros. Stanislav pensó que después de esa noche Sheeva nunca más querría dormir a su lado. La rehuyó durante todo el día, derrotado de antemano. Sin embargo, a la noche siguiente, ella apareció ante su puerta, alegre y feliz, con una bolsa en la que guardaba un pijama de flores y varios objetos de aseo. Desde entonces jamás volvieron a separarse.

A pesar de ello, Stanislav siguió cuidando con esmero todos los detalles que podían afectar a la relación. Cambió las cortinas de su cuarto, lo pintó con un color cálido, estudió cada rincón, cada objeto, cada cuadro y cada lámpara, y los cambió de sitio varias veces, tratando de aplicar en su hogar las leyes invisibles del Feng-shui.

Al principio les costó encontrarse el uno en el otro. Durante sus primeras citas de amor, él se sentía torpe y desmañado, tal vez a causa de su experiencia limitada en esas cuestiones. Sin embargo, cada día la relación se volvía más placentera para ambos. Stanislav se entregaba a ella apasionadamente, pero a su vez estudiaba con atención los gestos de su pareja, la manera que tenía de abrazarlo, sus gemidos, descubriendo las zonas secretas de su cuerpo y aprendía también de sí mismo, del placer creciente que sentía y de la extrema sensibilidad de algunas áreas inexploradas de su ser. Ya de día, leía en secreto, para saber aún más, revistas femeninas o aburridos tratados de sexo.

Stanislav siguió así durante toda su vida, en una interminable conquista, vistiéndose cuidadosamente, formándose en las artes del amor, pues siempre pensó que estaba a punto de perder a su amada, que la relación podía terminar en cualquier momento, que ella lo abandonaría cualquier día por otro hombre más rico, más atlético, mejor amante, más simpático y dicharachero.

Nunca llegó a saber que la había ganado desde el principio, que Sheeva, desde el instante en que lo vio tuvo claro que jamás podría separarse de él. La mujer nunca reclamó al destino que hubiese colocado a ese hombre en su vida y no a otro cualquiera. Agradecía cada día a sus dioses que unieran su camino al de ella. Enamorada, lo buscaba todas las noches, antes de dormir o en mitad del sueño, entregándose a él por completo, como si fuera el amigo y el amante perfecto, como a un príncipe misterioso que reinaba en la habitación de sus sueños.


2010/05/10

NÁUFRAGOS


AURELIANO ARTETA (Los náufragos)


Me reúno con un grupo de conocidos y amigos, casi todos por encima de los 40 años y me parece, de pronto, estar en medio de un grupo de náufragos. Sus caras reflejan, en distinta medida, los estragos de una dura travesía por la vida, con caídas y desilusiones, desastres, pérdidas y desgracias. Algunos sobreviven con cierta gallardía, con elegancia, mientras otros muestran en sus cuerpos marchitos las feroces dentelladas de un pasado implacable.

Pienso entonces que tal vez la vida de todos no sea más que una historia de supervivencia, un juego de naufragios. En ese juego, algunos nacen ya abandonados por el destino, los niños con enfermedades o malformaciones, los indios de las aldeas perdidas de Bolivia, los habitantes pobres de Sudán o de los suburbios de Calcuta.

Pero a partir de cierta edad todos nosotros, europeos, asiáticos o africanos, ricos o pobres, inteligentes o estúpidos naufragamos sin remedio, nos hundimos en nuestras propias vidas hasta el definitivo cataclismo de la vejez y la muerte, ese desfiladero sombrío que nos lleva hacia un mundo desconocido. El camino a ese mundo es, tal vez, el trance más importante de nuestras vidas. A él llegamos desarmados y sin fuerzas, exhaustos, derrotados y casi siempre solos.

Miro a mi alrededor y veo niños alegres, muchachos esbeltos y presuntuosos, mujeres que acuden a sus trabajos, hombres con corbata o ancianos que caminan lentamente, escapando del sol. Yo, como Alexander Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe, paseo entre ellos como un muchacho extraviado, como un náufrago.



2010/05/09

NIÑOS


ELENA ODRIOZOLA


Los niños conocen todos los secretos. Su pensamiento difuso dirige los complejos mecanismos de la vida intrauterina, computando lentamente lo aprendido por todos los seres vivos a lo largo de la historia de la Tierra y las estrellas.

Cuando atraviesan el umbral de nuestro mundo, cubiertos de secreciones, los recién nacidos saben ecuaciones, algoritmos, física cuántica. Dominan el lenguaje de los osos polares y las mariposas, de las amebas y las flores, la geografía imprecisa de los astros y los caminos que permiten atravesar agujeros negros con la única fuerza del pensamiento.

Los niños proceden, tal vez, del mismo lugar al que nos dirigimos tras la muerte. Dicen que es un lugar muy hermoso al que todos pertenecemos, un mundo misterioso y constante donde todo lo aprendido se olvida y lo olvidado vuelve a recordarse.