2010/03/20

LA CONSTRUCCIÓN DE SÍ MISMO


ABDEL KAREIM (El jardín de los barcos de papel)


A los 60 años de edad, en Alejandría, la histórica ciudad situada a orillas del Mediterráneo, donde vivieron Konstantinos Kavafis y los personajes atormentados de Lawrence Durrell, Ahmed emprendió la tarea de construcción de sí mismo. Mientras las alegres calles bullían de animación, él solo pensaba en una cosa: ¿Qué había sido de su vida hasta entonces?. Se había casado muy joven y había estudiado derecho. Después había trabajado para el gobierno egipcio, era padre de dos hijos y vivía en una gran casa, con varios criados.

Era un hombre de éxito. Todos lo creían así. Ahora estaba jubilado por una dolencia cardiaca a la que los médicos no daban excesiva importancia. Sin embargo, pensaba, “no puedo comprar un solo segundo de vida. Me moriré cualquier día, como murió mi esposa, lo que poseo pasará a otros, nada de lo que tengo es real”. Ahmed decidió convertirse en todo lo que no había sido hasta entonces, en construir su nuevo yo para el tiempo que durase su existencia, ya fuese un día, un mes o muchos años.

Hizo una lista de todos sus sueños sin cumplir, algunos descabellados: hacer cine, tocar música, vivir en un barco viajando de puerto en puerto, de continente en continente, como Simbad, visitar Europa, la India, China, Australia, Argentina y Vietnam, ascender montañas, conocer miles de personas, hablar español, alemán, islandés, escribir cuentos para niños, volver a enamorarse, pasar sus últimos años en brazos de una mujer y tener una hija.

Ahmed cambió su forma de vestir. Siempre había llevado elegantes trajes de alto funcionario, pero nunca había comprado él mismo su ropa. Un día se sentó en el paseo del puerto a observar a la gente que pasaba. Después, en una tienda moderna fue escogiendo su indumentaria con cuidado. Le gustaban las ropas sueltas, los colores claros y los cortes juveniles. Se dejó asesorar por la dependienta, de ascendencia francesa. Al verse en el espejo se gustó a sí mismo, pero se vio fláccido y algo gordo, por lo que decidió iniciar una rutina deportiva. Acudió a grupos de gimnasia, a saunas y piscinas y estableció relaciones con gente más joven, de ideas positivas e innovadoras.

En poco menos de un año su vida había dado un giro absoluto. Hacía teatro y practicaba bailes tradicionales. Incluso tuvo un pequeño papel en una película rodada en El Cairo. Maltrataba una guitarra de jazz y tenía nuevos amigos bohemios y de vida alegre, que apenas se preocupaban por las estrictas normas de vida de la ciudad.

Ahmed quiso construir también su carácter, sería quien quería ser, no se dejaría llevar por arranques de ira o violencia, sería observador y atento y no hablaría jamás mal de los otros, pues el mal siempre revierte en uno mismo.

En primavera decidió iniciar un viaje por el mar Mediterráneo. Partió solo en un velero. Recorrió las costas de Italia, Francia y España, arribó a Túnez y Malta, a Turquía, Chipre y a las islas griegas.

Nunca más se supo de él en su ciudad. Algunos, basándose en su escasa experiencia como marino, dijeron que había naufragado a poco de salir de puerto, pero no era verdad. Lo cierto fue que en Matala, al sur de Creta, conoció a una mujer, veinte años más joven que él, y ni él ni su barco quisieron moverse más del puerto, salvo para cortas travesías por las costas cercanas.

Un día, mientras escalaba por las antiguas tumbas de los primeros cristianos de la isla, excavadas en la roca, su corazón falló de un modo repentino. Murió en casa, junto a su pareja, embarazada de una niña. Al saber Ahmed que nunca iba a conocerla, una lágrima de vida escapó de sus ojos, como un diamante perfecto.